viernes, 6 de mayo de 2016

Out of the blue de Dennis Hopper

Por Tesa Vigal

Según el propio Dennis Hopper, protagonista y director de esta película de aliento desesperado, es una ojeada a la vida de su personaje en la mítica Easy Ryder (también escrita y dirigida por él), quince años después. Y está inspirada en la canción de Neil Young del mismo título, cuyos primeros versos dicen: “el rock and roll está aquí para quedarse / es mejor quemarse / que desvanecerse”.

Un hippy con un periplo marginal que ha incluido visitas a la cárcel, refugio en el alcohol, y una compañera amorosa tan problemática como él, ambos con esa aureola mitad conmovedora, mitad irritante, que envuelve a los seres soñadores que caminan torpemente por la sociedad y son vapuleados por ella con demasiada frecuencia, tienen una hija adolescente que sigue los pasos rebeldes de sus padres. Por lo tanto su rebeldía es doble y desesperada. 

Linda Manz (actriz de poderoso magnetismo y de corta carrera en el cine) la encarna con un brillo de melancolía rabiosa, de pureza salvaje, de hondura sin concesiones porque ya no se trata de liberarse de convenciones sociales, como hicieron sus padres, sino de ir más allá, y tratar de liberar el alma.


Utopía no es sinónimo de ilusorio, sino de ideal lejano, más aún en tiempos en los que reina la apariencia, el consumismo, el tener y el parecer en lugar de ser, cuando prevalece lo políticamente correcto, o la preocupación por el aspecto físico, adorando marcas o tecnologías, 0 cuando se persiste en la destructiva actitud amorosa de considerar una propiedad  al objeto amado (con todo el arsenal conservador que eso implica).

La adolescente protagonista de esta historia, en plena época punk, ama a Elvis no sólo como a un pionero, sino por esa canción que escucha constantemente: “el hotel de los corazones rotos”. A continuación parte de lo escribí en la revista “Mandrágora y el Pirata” cuando se estrenó aquí la peli, en el 82, en el cine Alphaville de Madrid (hoy Golem), incluyendo una tertulia posterior en el café del cine con un conmovedor Dennis Hopper pasado de botella:

De cuero negro y mirada alerta, princesa exiliada, tú y yo sabemos lo que significa la muerte de una sonrisa. Cuando nos piden fiesta y amable compañía suele ser una amenaza lo que flota en el aire, así que nos pusimos las botas altas y abandonamos eso que llamaban hogar sin serlo. Creo que pensaban que ser dulces y encantadoras implicaba sumisión y vacío, por eso nunca entendieron nuestro sentido del humor, ni el corazón en la mano cuando ofrecíamos nuestra amistad. Entonces les revelamos nuestros ojos más limpios, nuestra voz rota, nuestra fragilidad, los silencios más profundos y la diferencia entre fidelidad y lealtad. Pero de nada sirvió, no era eso lo que les interesaba. Buscaban trofeos sin alma, o escudos contra su oscuridad. En cualquier caso el miedo les hizo recular disimuladamente. Y nosotras no quisimos volver a equivocarnos y guardamos nuestros sueños para quien los mereciera. Nadie dice que sean fáciles de entender y aunque estuvimos a punto de escupir en nuestras huellas, fueron otros los que finalmente lo hicieron.


Nunca tuvimos nada que ver con intrusos, sólo el roce imprescindible para pasar de su falso consuelo, ese que suele ir acompañado de doradas palabras de admiración, pero vacías como las monedas falsas, o los formalismos.

Responderemos con acero a los dedos de falsa suavidad. Pero seguiremos buscando las puertas de entrada y salida porque jamás supimos doblegarnos, pequeña triste, y seguimos siendo tan salvajes como los caballos indómitos y los poetas verdaderos. Pensándolo bien no me extraña que parezca excesivo; a ti, pequeña triste, y a mí también nos asusta, pero no podemos remediarlo.

Mueven sus torpes gestos tratando de parecer lo más conveniente y así se acercan, pero no para querernos, pequeña mía, sino para no desnudar su alma. Cualquier cosa con tal de no mirar el fondo de tus ojos. No, la vida no nos sorprende aunque siga intacta nuestra imaginación, nuestro asombro. Por eso nos cuidaremos bien, abiertas con serena firmeza. Montaremos en flexibles guitarras porque ahí sigue latiendo el corazón, porque ellas hablan el lenguaje de la intimidad sin barreras. Y seguiremos caminando con las manos al viento, hasta el final. Porque la libertad es la fuente del amor y el amor nuestro eterno compañero. Ser malinterpretado le sucede a cualquiera, pero siendo uno mismo ya no duele, lo que permanece es la reconfortante libertad con su dulce, sereno, entero sabor.

Dos versos de Lou Reed: “Los vagabundos como nosotros hemos nacido para jugar”. Y “amores legendarios me persiguen en sueños”.

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